TRASTORNO DE PÁNICO

El trastorno de pánico se caracteriza por la aparición de crisis inesperadas y repetidas de angustia. Estas crisis presentan varios de estos síntomas: palpitaciones, sudor, temblores o sacudidas, sensación de ahogo o falta de aliento, sensación de atragantarse, opresión o malestar en el pecho, náuseas o molestias abdominales, inestabilidad, mareo o sensación de desmayo, sensación de entumecimiento y hormigueo, escalofríos o sofocaciones, percibir las cosas o percibirse a sí mismo de forma extraña y/o miedo a morir o volverse loco.

Estos ataques de pánico aparecen de forma inesperada, alcanzan su máxima expresión en los primeros 10 minutos en forma de miedo, aprensión o malestar intenso. La intensidad y frecuencia de las crisis varían en cada persona.

Los ataques de pánico iniciales pueden ocurrir en lugares públicos, mientras se camina por la calle, se conduce, en el trabajo o en el transporte público, en el cine o en el colegio…

Para diagnosticarse como tal las crisis no pueden deberse a los efectos de una sustancia ni a una enfermedad médica. Después de las crisis existe inquietud persistente respecto a la posibilidad de aparición de nuevas crisis, preocupación persistente por sus consecuencias o cambios en el comportamiento relacionado con ellas.

Estas crisis no son exclusivas del trastorno de pánico, pudiendo aparecer en cualquiera de los trastornos de ansiedad, en los trastornos del estado de ánimo y trastornos por consumo de sustancias. El trastorno de pánico puede ser diagnosticado con o sin agorafobia.

Este trastorno es uno de los trastornos de ansiedad que produce más discapacitación. Diversos estudios muestran que, sin un tratamiento eficaz, el trastorno de pánico es una enfermedad crónica y deteriorante, con períodos de mejoría y exacerbación. Las personas que lo padecen muestran gran deterioro en todos los ámbitos de su vida, social, laboral y familiar, llegando a evitar multitud de actividades y situaciones.

Para su tratamiento una de las  terapias más ampliamente estudiada y que ha demostrado más eficacia es la terapia cognitivo-conductual . Se utilizan diversas técnicas, entre ellas, técnicas del manejo de la ansiedad (respiración diafragmática, relajación muscular), información acerca de la naturaleza del trastorno, reestructuración cognitiva y exposición a los estímulos temidos.

En el caso de identificar alguno de estos síntomas la consulta con un profesional es necesaria para evitar diagnósticos erróneos o la confusión con otras enfermedades.

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