GESTIONAR LAS EMOCIONES EN FAMILIA: LA FRUSTRACIÓN

La sensación de frustración aparece cuando no podemos alcanzar lo que deseamos o queremos y es entonces cuando sentimos emociones como la rabia, la ira, la tristeza, la ansiedad. Cada persona, en función de sus vivencias, desarrollará unas u otras emociones en situaciones de frustración.

¿Quiere esto decir que frustrarse es malo? No, no solo no es malo sino todo lo contrario: aprender a tolerar la frustración es vital, nos ayuda a enfrentarnos a los problemas, a entender que en muchas ocasiones no vamos a poder alcanzar nuestros deseos, o nuestras metas. También nos ayuda a entender que la vida no siempre es justa, que por mucho que lo intentemos no siempre podemos conseguir lo que queremos.

En los niños y niñas, sobre todo a una edad temprana, la tolerancia a la frustración no está desarrollada, carecen de la habilidad para esperar, o para entender que por mucho que deseemos o queramos algo no siempre podemos conseguirlo.

La buena noticia es que podemos, y debemos, enseñarles a tolerarla. Debemos entender que proporcionarles todo o protegerles de todas las situaciones no les ayuda. ¿Quiere esto decir que debemos decirles a todo que no? Pues tampoco, como en la mayoría de las cuestiones relacionadas con la crianza y la educación lo ideal es un equilibrio, una mezcla de firmeza y constancia, siempre desde el cariño y el respeto.

Una cuestión fundamental es ayudarles y enseñarles a identificar y poner nombre a las emociones. Si no le dejamos hacer una cosa o no le damos lo que nos pide y aparece el enfado, podemos nombrarlo, identificarlo y ayudarle a gestionarlo. No debemos olvidar que no hay emociones malas ni buenas, lo importante es aprender a identificarlas y gestionarlas. Nunca debemos penalizar una emoción (“eso te pasa por enfadarte”) lo que si debemos es indicarle que la conducta que realiza cuando se enfada no es la correcta (“entiendo que te enfades porque querías ir al parque y ahora no podemos, tenemos que ir a casa porque es tarde”)

Dejarles fallar y equivocarse. El error es aprendizaje, dejarles equivocarse, aprender de ello. Ver el error como una oportunidad para mejorar, no como un fracaso. Todas las personas nos equivocamos, ayudarles a reflexionar sobre ello, que ha ocurrido, que hemos hecho o que podíamos haber hecho de otra manera diferente, y aprender de ello (“Has suspendido en el examen, es normal que te de rabia, vamos a ver que ha ocurrido”)

No darles todo hecho, evitarles enfrentarse a situaciones difíciles por miedo a que sufran y querer protegerles. Así no les ayudamos, no les dejamos aprender y desarrollar sus propios recursos con los que enfrentarse a situaciones problemáticas, que tarde o temprano van a darse. Ayudarles a gestionar el malestar que pueda provocarles esas situaciones, que en ocasiones podrán solucionarse, pero en otras no (“¿Qué ha ocurrido?¿estás triste porque tu amiga no te ha hecho caso?”)

Ser conscientes de sus capacidades y limitaciones debido a la edad o a su madurez a la hora de ayudarles a enfrentarse a la frustración. Entender que no son lo mismo sus capacidades con dos que con diez años. Entre los dos y los cuatro años, por ejemplo, aparecen las rabietas, entenderlas como lo que son, un aprendizaje para su autorregulación emocional.

En definitiva, enseñarles a tolerar y manejar la frustración les ayuda a desarrollar recursos y herramientas para enfrentarse con más éxito a las distintas situaciones que tengan que afrontar a lo largo de sus vidas.

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